La eficiencia energética e hídrica es ya un aspecto central en las operaciones poscosecha modernas. En un contexto de aumento de los costes de los insumos, mayor presión normativa y crecientes exigencias en sostenibilidad, las empresas del sector buscan procesar más producto, de forma más constante, reduciendo al mismo tiempo el consumo de agua y energía.
Según expone Wyma, los mayores avances en este ámbito no dependen siempre de grandes inversiones de capital. En muchos casos, las mejoras pueden lograrse a partir de un diseño más inteligente de las líneas, la optimización de procesos y la integración de tecnologías más eficientes.
En los mercados mundiales de productos frescos, la eficiencia energética e hídrica ha dejado de ser algo deseable para convertirse en una necesidad operativa. La volatilidad de los precios de la energía repercute directamente en los márgenes de procesado, mientras que los costes del agua y las exigencias sobre vertidos siguen aumentando, especialmente en las regiones con normativas medioambientales más estrictas.
A ello se suma una presión regulatoria creciente. Las normas ambientales ponen cada vez más el foco en el uso del agua, el tratamiento de las aguas residuales y las emisiones de carbono, lo que obliga a las empresas a demostrar cumplimiento sin perder productividad.
También influyen las expectativas de sostenibilidad de minoristas y consumidores, que conceden cada vez más importancia a los alimentos producidos de forma responsable. En paralelo, la escasez de mano de obra en muchos mercados está empujando a los procesadores a reforzar la automatización y la eficiencia para mantener el rendimiento y reducir la dependencia de tareas manuales.
Aunque cada instalación presenta sus propias particularidades, las oportunidades de mejora más relevantes suelen concentrarse en varias áreas del proceso.
Una de ellas es el lavado y la gestión del agua, una de las fases con mayor consumo hídrico dentro del procesado poscosecha. En este punto, las posibilidades de mejora pasan por recircular y reutilizar el agua de proceso, mejorar la filtración y la eliminación de sedimentos, y optimizar los sistemas de pulverización y los caudales. Incluso pequeñas mejoras en la recirculación pueden traducirse en ahorros significativos con el tiempo.
Otra área clave está en los sistemas de bombeo y transporte. Bombas y transportadores son consumidores constantes de energía a lo largo de toda la línea. Las ganancias de eficiencia pueden venir del dimensionamiento correcto de bombas y motores, la reducción de cambios de elevación innecesarios, la minimización de la fricción y la resistencia del producto, y la incorporación de variadores de velocidad. Un sistema mal optimizado no solo consume más energía de la necesaria, sino que además incrementa el desgaste y las necesidades de mantenimiento.
También el secado y la eliminación de agua superficial ofrecen margen de mejora. Una retirada eficaz del exceso de humedad contribuye a reducir tanto el consumo energético como los problemas de procesado en etapas posteriores. Entre las mejoras posibles figuran una mejor deshidratación mecánica antes del secado, la optimización del flujo de aire y de los sistemas de secado, y la reducción del sobreprocesado. Se trata de una fase que a menudo pasa desapercibida, pese a que puede tener un impacto importante en el consumo energético total.
A ello se suma la utilización del equipo y el propio diseño de la línea. Los diseños ineficientes o los equipos infrautilizados pueden generar consumos innecesarios de agua y energía. Por ello, un diseño inteligente de línea busca minimizar la doble manipulación, reducir los tiempos muertos, adaptar la capacidad de los equipos al conjunto de la instalación y eliminar cuellos de botella. En este sentido, Wyma señala que trabaja con el modelado completo de líneas para asegurar que cada componente funcione de forma eficaz dentro del sistema.
La eficiencia empieza ya en la fase de diseño. Una línea de procesado bien integrada permite optimizar el consumo de agua y energía en todo el sistema, y no solo en máquinas concretas. La visibilidad del conjunto facilita equilibrar el rendimiento entre etapas, reducir pasos innecesarios y optimizar el uso de recursos de forma global.
La automatización y los sistemas de control también tienen un papel cada vez más relevante. Gracias a ellos, los procesadores pueden supervisar y ajustar las operaciones en tiempo real, por ejemplo modificando los caudales en función del rendimiento, controlando automáticamente el consumo de agua o reduciendo tiempos muertos y derroches de energía. Además de mejorar la eficiencia, estas herramientas contribuyen a una mayor uniformidad y a una calidad de producto más constante.
Wyma subraya también la importancia de la innovación continua. Mejoras graduales en aspectos como el diseño de pulverizadores, la eficiencia de motores o la manipulación de materiales pueden acumularse con el tiempo y generar ahorros relevantes.
No todos los avances en eficiencia requieren adquirir nuevos equipos. Existen mejoras de proceso que pueden aportar resultados a corto plazo, como revisar periódicamente el consumo de agua para detectar puntos de derroche, ajustar la configuración de las máquinas al rendimiento real, evitar fugas y tiempos de funcionamiento innecesarios, planificar el mantenimiento para que los equipos operen en condiciones óptimas y formar a los operarios sobre el impacto de sus ajustes en el consumo de recursos.
Se trata de medidas de bajo coste, pero con capacidad para generar efectos medibles tanto en el uso del agua como en el de la energía.
En todo caso, la mejora de la eficiencia no debe comprometer ni la calidad ni la capacidad de proceso. El objetivo no es simplemente consumir menos agua o menos energía, sino utilizarlas de forma más eficaz. Las operaciones que mejor resuelven este equilibrio son aquellas que diseñan sus sistemas en función de las necesidades reales de procesado, utilizan datos para apoyar la toma de decisiones y perfeccionan de manera continua tanto los equipos como los procesos.
A medida que evoluciona el sector, la eficiencia energética e hídrica se perfila como un factor cada vez más diferenciador entre las empresas de procesado. Invertir en sistemas más inteligentes y en mejores procesos puede traducirse en menores costes de explotación, mejores credenciales de sostenibilidad y una mayor capacidad de adaptación frente a cambios del mercado y de la normativa.