La mesa redonda celebrada el 5 de marzo de 2026 en el IX Curso Tecnología Poscosecha de la UPV situó la formación permanente como eje de competitividad para las centrales hortofrutícolas. En un escenario de mayor complejidad técnica, la actualización continua condiciona la calidad final, reduce mermas y acorta los tiempos de respuesta ante incidencias operativas. La conversación conectó tecnología, personas y gestión del conocimiento con una idea práctica, porque la poscosecha funciona cuando el criterio técnico se mantiene actualizado y se aplica con disciplina.
El debate puso el foco en la necesidad de formación permanente con contenidos verificables y orientados a problemas reales, porque la abundancia de información no siempre se traduce en decisiones correctas. La poscosecha integra fisiología, madurez, preenfriamiento, conservación, sanidad poscosecha y logística, y esa combinación obliga a reforzar el aprendizaje continuo dentro de las organizaciones. También se subrayó que la calidad y la vida útil empiezan en campo, donde el manejo del cultivo, la nutrición y el punto de recolección condicionan el comportamiento en conservación y la tolerancia a desórdenes fisiológicos.
Enrique Gómez, SCM Head en Decco, vinculó la mejora del desempeño poscosecha con la disponibilidad de profesionales capaces de asesorar a las empresas de forma continuada, especialmente cuando se cruzan variables como temperatura, humedad relativa, etileno y riesgo de patógenos. En ese enfoque, la formación permanente de las centrales hortofrutícolas se entiende como una capacidad interna que facilita el diagnóstico y la comunicación técnica con proveedores y especialistas.
La mesa también recogió la aportación de Jaime Mendizábal, Director Comercial en Maf Roda Agrobotic, sobre la transformación que vive la calibración, donde la automatización y el uso de datos elevan el listón de competencias necesarias para operar, interpretar y optimizar el rendimiento de las líneas.
Jorge Bretó, CEO en Citrosol, llevó el debate hacia la construcción de talento y defendió la utilidad de las prácticas en empresa como vía para formar perfiles aplicables desde el primer día de trabajo. Esa idea encaja con una realidad sectorial conocida, porque la curva de aprendizaje se acelera cuando el personal vive procesos reales, gestiona incidencias y entiende el impacto de cada decisión sobre la calidad final.
En conjunto, los ponentes coincidieron en que tecnología y capacitación deben avanzar al mismo ritmo, ya que una inversión sin formación suele traducirse en infrautilización, desviaciones de calidad y pérdida de consistencia comercial.
La primera recomendación práctica pasa por convertir la formación permanente en un proceso de trabajo, con un plan anual que priorice riesgos operativos y puntos críticos de control, desde preenfriamiento hasta conservación y expedición. Ese plan debe incluir contenidos sobre fisiología y madurez, gestión de etileno, prevención de desórdenes fisiológicos, control de patógenos poscosecha, y verificación de parámetros de frío con registros y auditorías internas. La segunda recomendación consiste en reforzar el acompañamiento técnico y el asesoramiento especializado, de manera que las incidencias se aborden con protocolos claros, responsables definidos y tiempos de respuesta compatibles con la vida útil del producto.
La tercera recomendación se orienta a la calibración y clasificación, donde conviene formar al equipo en lectura de datos, criterios de ajuste y control de la variabilidad, para evitar decisiones basadas en percepciones o rutinas heredadas. Cuando la calibración se apoya en automatización y analítica, el valor aparece si el personal entiende qué mide el sistema, cómo afecta el estado de madurez y cómo se traduce en consistencia de lote, reclamaciones y rendimiento comercial.
La cuarta recomendación prioriza el aprendizaje en entorno real mediante prácticas en empresa y rotaciones internas, porque esa experiencia mejora la coordinación entre calidad, producción, mantenimiento y logística, y reduce errores por falta de contexto operativo.
La mesa redonda concluyó dejando una consecuencia clara para el sector, porque la formación permanente ya actúa como un indicador de resiliencia ante cambios técnicos y exigencias de mercado. El siguiente paso operativo consiste en auditar brechas de conocimiento por proceso y producto, y después traducirlas a acciones formativas medibles con indicadores de merma, reclamación y estabilidad de vida útil. El punto de vigilancia más inmediato debe centrarse en la coherencia entre decisiones en campo, condiciones de preenfriamiento y parámetros de conservación, ya que esa continuidad define la calidad final que llega al cliente y al consumidor.