La sostenibilidad se ha convertido en una de las palabras más repetidas del sector agroalimentario. Está presente en ferias, envases, campañas, certificaciones, proyectos de innovación y estrategias comerciales. Sin embargo, cuanto más se utiliza, más necesario resulta preguntarse qué significa realmente: reducción de emisiones, ahorro de agua, menor uso de fitosanitarios, eficiencia energética, reciclaje, bienestar laboral, reducción del desperdicio, rentabilidad para el productor o todo a la vez.
En Macfrut, la presentación de Generazione Ortofrutta puso sobre la mesa precisamente esta cuestión. El proyecto, impulsado por Italia Ortofrutta con el apoyo científico de CREA, busca definir un estándar de sostenibilidad para el sector hortofrutícola italiano, basado en parámetros medibles y aplicable desde el campo hasta el almacén y la comercialización.
Hablar de sostenibilidad ya no basta. El término ha ganado fuerza como argumento de mercado, pero también corre el riesgo de diluirse si no va acompañado de criterios claros. En la práctica, bajo esa misma palabra pueden agruparse mejoras en conservación, energía y logística, cambios en envases, tratamientos poscosecha o gestión del desperdicio.
El reto para el sector hortofrutícola no está solo en comunicar que produce de forma más sostenible, sino en demostrarlo. Para ello hacen falta indicadores compartidos, sistemas de verificación y herramientas que permitan trasladar al consumidor y a la distribución el esfuerzo real de productores y organizaciones. Sin una base común, la sostenibilidad puede acabar convertida en un concepto atractivo, pero difícil de comparar y aún más difícil de valorar.
Generazione Ortofrutta nace con la intención de ordenar ese escenario. Italia Ortofrutta plantea el proyecto como un estándar capaz de integrar sostenibilidad ambiental, económica y social en un mismo marco de referencia. La iniciativa parte de 28 OP piloto, presentes en 17 regiones italianas. En conjunto, reúne a más de 4.000 productores y alrededor de 33.000 hectáreas cultivadas. El estándar contempla 34 parámetros y está pensado para cubrir las distintas fases de la actividad hortofrutícola, desde el campo hasta el almacén, la comercialización y la propia gestión de las organizaciones de productores.
La idea no es añadir otra etiqueta más a un mercado ya saturado de sellos, sino construir una herramienta común que permita identificar, medir y comunicar prácticas sostenibles con una base reconocible para toda la cadena.
Uno de los elementos más relevantes del proyecto es la participación de CREA como socio científico. Su papel resulta clave para transformar la sostenibilidad en indicadores objetivos, verificables y actualizables. En un contexto en el que muchas certificaciones responden a exigencias privadas o a demandas concretas de la distribución, Generazione Ortofrutta pretende partir del propio sector productor y apoyarse en criterios técnicos.
Esta dimensión es especialmente importante porque los productores ya conviven con múltiples requisitos, sellos y estándares. La fragmentación genera costes, duplicidades y dificultades para comunicar de forma clara qué se está haciendo y qué valor tiene. Un marco común puede ayudar a reducir esa dispersión, siempre que consiga ser reconocido por los distintos actores de la cadena y mantener el equilibrio entre rigor técnico, viabilidad económica y utilidad comercial.
El proyecto también busca dar visibilidad a prácticas que, según el sector, ya se están realizando desde hace años, pero que no siempre llegan al consumidor final. La sostenibilidad, en este sentido, no solo debe medirse: también debe comunicarse de forma comprensible. Si el esfuerzo no se reconoce en el mercado, difícilmente podrá convertirse en valor para quienes producen.
La iniciativa italiana abre una reflexión que va más allá de sus fronteras. En países con un fuerte peso hortofrutícola, como España, existen programas operativos, certificaciones privadas, producción ecológica, estrategias de eficiencia y exigencias crecientes vinculadas a sostenibilidad. Sin embargo, el debate sigue siendo cómo articular todo ello en un lenguaje común, medible y reconocible para productores, distribución y consumidores.
No se trata de utilizar más la palabra sostenibilidad, sino de precisar mejor su contenido. La cuestión de fondo es quién define los criterios, cómo se verifican, qué coste tienen para el productor y qué valor real generan en el mercado. En un momento en el que el término vende, pero también se desgasta por exceso de uso, proyectos como Generazione Ortofrutta muestran una posible dirección: pasar del mensaje genérico al dato, del reclamo comercial al estándar y de la intención a la medición.
La sostenibilidad seguirá siendo una palabra clave para el sector hortofrutícola, pero su valor dependerá cada vez más de la capacidad para demostrarla con evidencias, comunicarla con claridad y hacerla útil para toda la cadena.