Mientras un fruto viaja desde el campo hasta el lineal del supermercado, su apariencia externa puede mantenerse estable, pero en su interior se desarrolla una intensa actividad fisiológica. La fase poscosecha no es un periodo de inactividad: el fruto sigue respirando, regulando señales hormonales, consumiendo reservas y respondiendo al estrés impuesto por el frío, el tiempo y la logística internacional.
Durante semanas —e incluso meses— en cámaras frigoríficas, contenedores marítimos o plataformas logísticas, entran en juego procesos clave como la maduración, la senescencia y el estrés oxidativo. La respiración continua provoca un consumo progresivo de azúcares y ácidos orgánicos, mientras que el desequilibrio en la producción de especies reactivas de oxígeno puede acelerar el deterioro celular, afectando a la firmeza, el sabor y la vida comercial del producto.
El frío es la principal herramienta de conservación, pero no está exento de efectos secundarios. Temperaturas subóptimas o periodos prolongados de almacenamiento pueden alterar el metabolismo del fruto y desencadenar daños fisiológicos como el chilling injury en especies sensibles. A nivel interno, estos procesos se traducen en cambios metabólicos que preceden a los síntomas visibles: pardeamientos, pérdida de textura o aparición de aromas fermentativos.
La acumulación de compuestos volátiles indeseables, como etanol o acetaldehído, es uno de los indicadores más claros de que el equilibrio fisiológico se ha visto comprometido. Estos cambios no solo afectan a la calidad sensorial, sino que limitan la capacidad del producto para soportar las últimas fases de la cadena logística y la exposición en el punto de venta.
La investigación reciente refuerza una idea clave para el sector: el comportamiento del fruto durante el transporte y el almacenamiento se define, en gran medida, en el campo. Factores de precosecha como el manejo del riego, el estado nutricional o la aplicación de moléculas señalizadoras influyen directamente en la capacidad antioxidante del fruto y en su resistencia al estrés poscosecha.
Frutos con un mayor equilibrio redox y una mejor regulación hormonal afrontan con más garantías los largos trayectos y las condiciones exigentes de la logística global. Esta visión integrada conecta producción y poscosecha como partes de un mismo sistema, donde las decisiones agronómicas condicionan la calidad final que llega al consumidor.
Para el sector hortofrutícola, este enfoque refuerza la necesidad de entender la poscosecha como una disciplina estratégica. Ya no se trata únicamente de mantener una temperatura constante, sino de interpretar los procesos fisiológicos que ocurren durante el viaje del fruto y apoyarse en herramientas avanzadas —sensores, modelos predictivos y tecnologías de conservación— para reducir pérdidas y asegurar calidad en destino.
En un contexto de mercados lejanos, presión regulatoria y exigencias crecientes de sostenibilidad, comprender qué ocurre dentro del fruto mientras recorre miles de kilómetros se convierte en una ventaja competitiva. La poscosecha es, cada vez más, el punto donde se decide el éxito —o el fracaso— de toda la cadena.