El cierre de la temporada 2025–2026 deja una conclusión difícil de ignorar: en berries, y especialmente en arándanos, la competitividad ya no depende solo de producir más o llegar más lejos, sino de llegar en mejores condiciones. Durante esta campaña, la conversación en la industria volvió a girar en torno a problemas recurrentes que siguen impactando la percepción de calidad en destino, como la deshidratación, la sobremadurez, la pérdida de firmeza, el colapso de bloom o la menor vida útil comercial. Lo relevante no es únicamente que estos problemas persistan, sino que lo hacen en un contexto cada vez más exigente, con ventanas logísticas menos predecibles, mayor presión del retail y una variabilidad climática y geopolítica que obliga a replantear decisiones que antes parecían estables.
Desde la experiencia en evaluación de calidad, poscosecha y pruebas de tecnologías en LATAM, USA y EMEA, una de las conclusiones más claras es que los problemas de llegada rara vez tienen una única causa. En la mayoría de los casos, lo que se detecta en destino es la consecuencia de una cadena de decisiones acumuladas que comienza mucho antes del envío: cosecha, temperatura de pulpa, tiempos de espera, manejo en packing, enfriamiento, selección varietal, control de humedad, tipo de empaque, tránsito y decisiones comerciales sobre el riesgo. La calidad final no depende de un único punto, sino de la consistencia de todo el sistema.
La campaña que termina estuvo marcada por una combinación compleja de factores: presión de volumen en ciertos orígenes, rutas logísticas tensionadas y fruta que, en muchos casos, llegó en condiciones límite. En arándanos, el problema no fue únicamente “llegar tarde” o “llegar blando”, sino hacerlo con fruta fisiológicamente fatigada, es decir, con una capacidad poscosecha limitada para soportar distribución, exposición en lineal o reempaque.
Esto se manifestó de forma recurrente en distintos síntomas:
Estos indicadores no deben interpretarse únicamente como problemas de poscosecha, sino como la expresión de una brecha entre el potencial fisiológico del fruto y la realidad operativa de la cadena.
Uno de los errores más extendidos en la industria sigue siendo evaluar el éxito logístico de forma binaria: “la fruta llegó”. Sin embargo, en berries, especialmente en mercados exigentes, llegar no equivale a conservar valor. La calidad en destino no se pierde en un único punto, sino que se degrada progresivamente.
La deshidratación, por ejemplo, suele atribuirse a tránsitos largos o falta de humedad, cuando en realidad responde a una interacción de factores como la condición inicial del fruto, los tiempos entre cosecha y preenfriado, la carga térmica acumulada o decisiones varietales poco alineadas con la ruta comercial. Del mismo modo, la sobremadurez refleja muchas veces la tensión entre cosechar para cumplir una ventana comercial o hacerlo para preservar la capacidad de viaje del fruto, una diferencia que en el contexto actual resulta cada vez más crítica.
En paralelo, el retail ha evolucionado hacia un nuevo lenguaje de calidad, donde ya no basta con la apariencia. La consistencia de la experiencia —capacidad de aguantar distribución, mantener textura, conservar bloom y ofrecer calidad organoléptica durante varios días— se ha convertido en un criterio determinante.
Las pruebas de tecnologías realizadas en distintas regiones han permitido confirmar que la tecnología puede aportar valor, pero no sustituye la disciplina operativa. El sector sigue buscando soluciones en forma de aditivos, envases, recubrimientos o sensores, pero su eficacia depende directamente del problema que se pretende resolver y del momento de aplicación dentro de la cadena.
Entre los aprendizajes más relevantes destacan:
En este sentido, la diferencia entre opinar sobre poscosecha y gestionarla radica en la capacidad de integrar datos reales sobre condición inicial, comportamiento en tránsito y desempeño en destino.
Uno de los aspectos más repetidos, pero todavía insuficientemente resueltos, es que la calidad de llegada no se construye en el contenedor, sino mucho antes. Cuando la fruta entra en la cadena con madurez no uniforme, estrés hídrico, exposición a calor o tiempos muertos en campo, la poscosecha ya está en desventaja.
Esto obliga a replantear la gestión de la calidad como un proceso transversal que involucra a todas las áreas:
La falta de alineación entre estos niveles termina reflejándose en un único punto: la fruta abierta en destino.
La próxima campaña se plantea en un escenario aún más complejo, donde factores como la incertidumbre logística, los costes variables, las tensiones comerciales o la disponibilidad de recursos condicionan la operativa. En este contexto, la pregunta ya no es solo cómo enviar más fruta, sino qué fruta está realmente preparada para cada ruta y cada mercado.
A ello se suma el factor climático, con posibles escenarios asociados a El Niño Costero que podrían afectar variables críticas como la temperatura, la humedad o la uniformidad de maduración. Estos elementos no solo impactan en el rendimiento, sino en la capacidad de viaje del fruto, una variable clave en poscosecha que todavía se subestima en muchas decisiones.
De cara a la campaña 2026–2027, el enfoque debe ser más preventivo y basado en datos, con una mayor segmentación del riesgo, un control más estricto de los tiempos y la temperatura, y una mejor integración entre calidad y decisiones comerciales.
La principal conclusión que deja la campaña es clara: en berries, la competitividad ya no depende únicamente del volumen o del acceso a mercados, sino de la capacidad de mantener una calidad consistente en un entorno cada vez más incierto.
La oportunidad para la próxima temporada pasa por evolucionar desde una poscosecha reactiva hacia una poscosecha estratégica, donde las decisiones se tomen antes, con mayor criterio y apoyadas en datos reales. En ese cambio, probablemente se juegue una parte clave de la competitividad del sector en los próximos años.
Artículo de Paula del Valle, especialista en calidad y poscosecha de berries en My Blue Project.