El aumento del consumo de frutas y hortalizas frescas cortadas está impulsando la adaptación de las tecnologías de conservación. Estos productos, que mantienen en gran medida sus características nutricionales y sensoriales, presentan una mayor vulnerabilidad fisiológica y microbiológica frente a los productos enteros. En este contexto, el envasado en atmósfera modificada (MAP) se utiliza como herramienta para prolongar la vida útil, aunque las condiciones óptimas difieren según el grado de procesado.
El procesado mínimo, como el lavado, pelado o corte, provoca daños en los tejidos vegetales que incrementan el estrés fisiológico. Como consecuencia, aumentan la respiración, la transpiración y la producción de etileno. Este efecto puede ser significativo. Por ejemplo, la respiración de una pera puede pasar de 6 a 25 mg de CO₂·kg⁻¹·h⁻¹ tras el corte, y en el caso de la lechuga, las hojas presentan tasas de respiración superiores a las de la pieza entera en las mismas condiciones.
El aumento de la superficie expuesta incrementa la pérdida de agua, lo que acelera la deshidratación, el marchitamiento y la pérdida de textura. Además, la rotura de tejidos favorece la oxidación, provocando pardeamiento y pérdida de color.
El procesado elimina las barreras naturales del producto, facilitando la entrada y desarrollo de microorganismos. La liberación de compuestos celulares crea un entorno favorable para bacterias, levaduras y mohos. Como resultado, la vida útil del producto cortado es significativamente menor que la del producto entero, pasando de semanas a pocos días en condiciones similares.
El MAP permite prolongar la conservación mediante la modificación de la composición gaseosa en el interior del envase, pero los parámetros deben adaptarse al tipo de producto. En productos enteros se utilizan bajas concentraciones de oxígeno, entre el 1 y el 5%, junto con niveles moderados de CO₂ para reducir la respiración.
En productos cortados, en algunos casos se emplean concentraciones más elevadas de oxígeno para evitar fermentaciones anaerobias y reducir el pardeamiento, combinadas con CO₂ para limitar el crecimiento microbiano. Asimismo, los materiales de envasado deben presentar mayor permeabilidad para adaptarse a su mayor actividad metabólica.
El control de la composición gaseosa en el interior del envase es un factor clave para garantizar la eficacia del MAP. El seguimiento del headspace a lo largo de la cadena de suministro permite ajustar las condiciones de conservación y mejorar el control de calidad.
En este contexto, la monitorización de gases como O₂ y CO₂ se ha convertido en una herramienta habitual en la gestión poscosecha. Equipos como los desarrollados por Felix Instruments Applied Food Science permiten realizar mediciones en tiempo real en distintas etapas de la cadena, facilitando la verificación de las condiciones de envasado y la detección de desviaciones que puedan afectar a la vida útil del producto.
Fuentes: Felix instruments