Durante años, la atención en exportación frutícola se ha centrado principalmente en el transporte y la cadena de frío. Sin embargo, el sector comienza a poner el foco en una etapa menos visible pero cada vez más determinante: el tiempo de espera en destino tras la llegada de la fruta.
Una vez abierto el contenedor, la fruta puede permanecer horas o incluso días en centros de distribución, cámaras intermedias o zonas de almacenamiento donde las condiciones ya no son tan estables como durante el tránsito. Aunque el producto llegue en buenas condiciones, este periodo puede acelerar procesos fisiológicos que afectan directamente a su calidad comercial.
La fruta continúa respirando y reaccionando a pequeños cambios de temperatura, ventilación y humedad. Como consecuencia, aumenta la pérdida de agua, se acumula CO₂ y aparecen síntomas de deshidratación en estructuras especialmente sensibles, como pedicelos en cereza o el raquis en uva de mesa.
Especialistas del sector destacan que el deterioro no siempre se debe a errores en origen, sino a la falta de estabilidad durante estas etapas de espera. Incluso pequeñas pérdidas de humedad pueden reducir la firmeza, la frescura y la vida útil del producto.
Ante este escenario, el envase comienza a desempeñar un papel más activo en la conservación poscosecha. Algunas soluciones incorporan materiales con permeabilidad selectiva capaces de regular el intercambio de gases y mantener niveles elevados de humedad relativa dentro del envase.
Además, el uso de cobertores de cosecha y sistemas diseñados para minimizar la deshidratación ayuda a mantener una mayor estabilidad desde el campo hasta el destino final.
Según los expertos, el objetivo ya no es únicamente proteger la fruta durante el transporte, sino mantener una “continuidad de condición” que reduzca el impacto de las interrupciones logísticas y preserve la calidad comercial durante toda la cadena.
Fuente: Paclife