En una clase magistral dirigida a público universitario, Pedro Ruiz, presidente de la Cooperativa La Palma, compartió los ejes de un modelo de gestión que, según explicó, ha combinado resultados sociales y económicos con una apuesta sostenida por la innovación aplicada. El ponente situó la transferencia de conocimiento como parte del propio modelo y enmarcó su intervención en la necesidad de profesionalizar la toma de decisiones en un entorno de alta exigencia comercial. En su exposición, el relevo generacional aparece como un punto crítico, no solo por la estructura demográfica del sector, sino por la necesidad de construir sistemas de trabajo que hagan viable la continuidad de las explotaciones.
Pedro Ruiz defendió una digitalización orientada a la acción, donde la información consolidada se consulta desde primera hora para entender el estado de la cooperativa y ajustar prioridades operativas sin depender de cierres tardíos. Ese acceso temprano, señaló, permite anticipar necesidades del día, programar entradas y ordenar tareas en central, mientras se mantiene capacidad de corrección durante la jornada cuando surgen incidencias en recolección, recepción o confección.
En su planteamiento, el dato del día anterior ayuda a planificar, pero el control real se decide con lo que ocurre en el día, especialmente cuando la actividad se concentra en las horas finales y se estrechan los tiempos entre entrada y expedición. Esta lógica conecta directamente con la calidad poscosecha, porque una mejor segregación por estado de producto, una trazabilidad operativa fluida y una programación más ajustada reducen mezclas no deseadas, mejoran uniformidad para lo más importante, cumplir las especificaciones de cliente
El ponente vinculó el crecimiento comercial a una estrategia de segmentación del tomate, diferenciando líneas y perfiles de producto, y destacando el desarrollo de tomate RAF como especialidad apoyada en innovación y en un compromiso continuo con la calidad percibida por el consumidor. En paralelo, defendió que la inversión debe priorizar al agricultor, porque sin viabilidad en el invernadero no se sostiene la estructura, y apuntó a líneas de mejora que refuercen competitividad, como la eficiencia en uso de agua y la adopción de hidroponía cuando aporta resultados medibles. Ruiz subrayó además la importancia del cumplimiento interno y de la disciplina cooperativa, con acuerdos que se aplican por igual, porque la fortaleza del sistema depende de evitar desviaciones que acaben perjudicando al conjunto. En términos de gestión de calidad, esa disciplina es la base para sostener estándares, ordenar la confección y reducir riesgos de mermas y reclamaciones.
La intervención puso el acento en que el éxito del modelo se apoya en decisiones basadas en datos y en una organización capaz de aplicar criterios comunes desde la finca hasta la central hortofrutícola. La digitalización se plantea como una herramienta para actuar a tiempo, mejorar uniformidad de lote y proteger la calidad poscosecha, mientras la segmentación comercial exige disciplina y trazabilidad para sostener estándares. Ruiz vinculó además la continuidad del sistema a un relevo generacional viable, apoyado en asesoramiento, monitorización y un enfoque de inversión que prioriza al agricultor como condición previa para la competitividad.